De Pasos nocturnos - Historia del tren que no regresa.





Circundan las dos de la madrugada, estoy abandonado en mi cama componiendo versos patéticos, escuchando música de Sigur Rós y haciendo trazos sin sentido, al menos eso es lo que creo, ya que en este momento no tengo activado mis seis sentidos. Sobre el escritorio reposa el trozo de pizza con el que intenté suicidarme (lo combiné con yogur, y uno de esos pasteles que matarían a cualquier diabético), un vaso de chocolate caliente para mi alma, y claro, el clásico postre colorido que va cambiando de tonalidad al compás de las horas. Es decir, en mi pupitre lo de siempre sólo que más desordenado.

Tengo pegado en la pared el más grande regalo que he recibido, es algo simple pero me ha cambiado las madrugadas, cada vez que lo observo rebrota en mí la imaginación, es como decía el poeta sureño Huidobro; una llave que abre mil puertas. A veces me quedo dormido sobre el escritorio, me he malacostumbrado, pero que puedo hacer si es sólo a estas horas cuando se puede disfrutar de este embriagador silencio, huir de la barahúnda urbana no es fácil por estos días.

Esta es una madrugada de luna llena, puedo apreciar con palpitante emoción ese amarillo intenso y no es que sea un licántropo, pero realmente hipnotiza, la sangre entra en rebeldía, el corazón se acelera, y finalmente una ráfaga de aire frío me devuelve al dormitorio, sin embargo al trasluz de mi ventana no dejo de observarla y clavo la mirada en sus entrañas, quisiera explorarla toda, navegar en sus misterios, apartar en su lado más lejano y tranquilo un lugar para dos.

Ya saciada mi onírica sed, me acomodo sobre una silla, cojo un lapicero y un trozo de papel cuadriculado que rescaté de mi desorden habitual, supongo que algo se me ocurrirá, algo escribiré. Hay alguien que piensa que soy una especie de poeta, de hecho tengo todas las excusas para serlo, pero esa exageración que huele a ignorancia blonda ha terminado por sazonar mi ego de espíritu becqueriano, y ya hasta me la estoy creyendo, pues normalmente sujeto mi bolígrafo y comienzo a escribir alguna composición de melodía melancólica como esta:


Te amé, nunca pienses que no,
Me olvidé del mundo y más,
Fui valiente… aprendí a llorar.

Tu amor simplemente no me vio,
Tú te irás, yo querré que seas feliz,
¿Seré valiente?... ¿volveré a amar?

Hoy te vas, tomarás el tren de las seis,
Mis ojos tristes gritan que no te vayas,
Mis labios musitan algún leve quejar,
Y mi sonrisa… mi sonrisa, amor,
Ya en tu equipaje, allí ha de reposar.

Finalmente allá te vas, creyéndome alegre quizá,
Sonriéndome… alejándote cada vez más.
Y estoy sollozando… estoy dejándote marchar.

Te amé, nunca pienses que no,
Comienzo a otear el mundo y más,
Seré valiente; si he de amar,
También he de llorar.


Debo decir que todo es metafórico, nada literal, por supuesto la hipérbole siempre estará presente en este tipo de compuestos. He de admitir que suena a monserga núbil, pero he escrito mejores, creo. A decir verdad sólo soy un raptor de historias, las cuales llegan a mis oídos de forma muy variada, las más de ellas rociadas de una aprovechable –para mí- fragancia melancólica. Me gusta escuchar a las personas, aunque sus problemas terminen inundándome, pues no tengo, y a veces quisiera, un corazón espartano.

Nada como la poesía, si bien algunos dicen que los sentimientos líricos están muriendo de generación en generación, que las personas se están volviendo cada vez más frías, manipuladoras y poco confiables (se me vienen a la mente algunos versos de Gonzáles Prada, al fin lo entiendo), yo pienso que todavía hay quienes creen en algo más de lo que pueden tocar, al menos eso es lo que quiero imaginar.

Finalmente el sueño está por vencerme, en mi reproductor musical suena Starálfur, el postre luce abominable, poco recomendable, y a lo lejos puedo escuchar los maullidos escalofriantes de gatos peleando, me levanto de la silla preso de la somnolencia, observo ese hermoso regalo pegado en la pared, sonrío, y me dejo caer sobre la cama, si puedo dormiré, si no lo hago, cogeré mi celular, timbraré, y a alguien truncaré el ensueño.


Comentarios

Entradas populares